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| Fuente de la foto/Usa Today Sports |
POR DARÍO MAÑÓN
La noticia ha caído como un mazo sobre el mundo del béisbol: Terrance Gore, el velocista que desafió las leyes de la física en las Grandes Ligas y alcanzó tres anillos de Serie Mundial, ha fallecido a los 34 años. Pero más allá de las estadísticas y los trofeos, su partida abre una interrogante que golpea directamente el corazón de mi obra en preparación, "El Día Marcado", y conecta de forma inevitable con las verdades que palpamos cada día en los pasillos del Hospital Dr. Darío Contreras.
El silencio de la ciencia ante lo inevitable
Gore no perdió la vida en un choque espectacular, ni bajo el rigor de una enfermedad prolongada, ni en el fragor de un robo de base. Su cita con lo inevitable ocurrió en el escenario donde la seguridad es la norma: una cirugía de rutina. Es aquí donde la ciencia médica, con toda su tecnología y protocolos, se queda muda.
Como he sostenido tras años de vivencias en el Darío Contreras, ese microcosmos de urgencias y milagros, hay momentos en que el bisturí se vuelve impotente y la fe no encuentra dónde asirse. Es el punto exacto donde la vida reclama su final, sin importar cuán "sencillo" parezca el procedimiento. En ese instante sagrado y terrible, la fe o la ciencia tienen que morir, porque la sentencia ya ha sido dictada por una fuerza que supera el entendimiento humano.
La tesis de "El Día Marcado" en el diamante
Precisamente de esto trata el libro que hoy cobra una vigencia dolorosa con el caso de Gore. La premisa es clara y se confirma tanto en un hospital traumatológico como en un estadio de Grandes Ligas: cada ser humano camina con una fecha ya escrita en su historia personal.
Gore, un hombre que vivía de la velocidad y que fue capaz de burlar los brazos más potentes del pitcheo mundial, no pudo correr más rápido que su propio destino. Su muerte confirma esa visión que planteo en mis páginas: el hospital es el escenario donde queda en evidencia que, cuando el día está marcado, no hay fama, juventud, dinero ni pericia médica que pueda cambiar el desenlace. Lo que para la medicina es una "complicación inesperada", para la filosofía del destino es el cumplimiento de una ley universal.
Una carrera que terminó en la quietud
Es una ironía profunda que un atleta que hizo de la aceleración su forma de vida haya encontrado el último out en la quietud absoluta de una sala de operaciones. Para quienes analizamos la fragilidad humana desde la primera línea de la salud pública en el Darío Contreras, lo de Gore no es solo un cable informativo; es la manifestación de esa fuerza invisible que nos rige a todos.
Hoy, mientras la prensa deportiva busca explicaciones técnicas y detalles quirúrgicos, nosotros entendemos que la verdadera noticia es otra: Terrance Gore cumplió su ciclo. Nos deja la lección de que, incluso para un campeón, no hay manual médico ni estrategia de juego que pueda alterar el calendario de la existencia. Su partida nos recuerda que todos, desde el cronista hasta el atleta de élite, estamos sujetos a ese diseño superior donde la ciencia se rinde y solo queda la aceptación de lo que ya estaba escrito.
8 de enero, 2026











































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